El espejo del tiempo

E
Reflejos del pasado

Estas últimas semanas se han caracterizado por ser intensas en lo personal. He tenido un par de momentos de catarsis, dos oportunidades para mirarme a mí mismo en un par de espejos que me devolvían una visión distorsionada de quién soy (aunque, ¿qué espejo no lo hace?), pero al mismo tiempo profundamente reveladora.

Tenía ganas de sentarme a escribir sobre ello, pero no me he decidido hasta que llegó una recomendación terapéutica de mi psicóloga, justo el empujón que necesitaba.

Ambas experiencias han sido paradojas temporales muy intensas.

Una fue un viaje colectivo treinta años atrás, o quizá debería decir un solapamiento temporal:
Un grupo de personas que estábamos a la vez en el presente y en el pasado, reviviendo experiencias casi olvidadas de una etapa que vivimos intensamente, pero conservando nuestro aspecto y nuestros recuerdos actuales.

La otra fue un viaje a un universo paralelo, una visión, el reflejo de una ucronía:
En un momento de calma y soledad, rodeado de estímulos muy intensos y emocionantes, apareció ante mí una línea temporal distinta de la mía: un presente alternativo en el que mis sueños se habían cumplido.


Encuentro 30 años después de la Ruta Quetzal 1996

Hace un par de semanas acudí a Madrid para un re-encuentro de algunos participantes de la Ruta Quetzal 1996 “Expedición al Legendario Potosí”. Para los que me conocen bien saben que formar parte de aquella aventura me marcó profundamente, cambió mi forma de ver el mundo, y supongo que también mi forma de verme a mí mismo. Mis aventuras y vivencias personales quizá podrían tener espacio en este medio en otra ocasión pero hoy lo que quiero contar es la experiencia de volver a juntarme con tanta gente de ese pasado.

Durante varios meses dudé si acudir o no. Supongo que en cierto modo había decidido no asistir, pero un par de conversaciones con gente muy querida de ese grupo me hizo cambiar de idea. Me daba mucha “pereza” enfrentarme por un lado a un grupo de gente que (creía) no me iba a recordar, o como mucho recordaría alguna anécdota de una persona que ya no soy; y por otro lado también a un grupo de desconocidos compartiendo sus vidas, aparentemente perfectas.

No podía estar más equivocado.

Me encontré todo lo contrario de lo que mis dudas me empujaban a esperar. Lo que vi y sentí fue a un montón de gente cariñosa, interesante y fascinante deseando compartir lo importante que fue para todos nosotros el viaje iniciático que emprendimos hace 30 años. Tan perdidos en algunos aspectos y tan seguros en otros como yo me siento en mi vida diaria.

No sólo compartimos una generación, sino que todos nosotros hemos vivido algo que nos ha forjado una forma de vivir y de soñar que llevamos muy dentro. A veces hemos bromeado sobre que desde fuera debemos parecer una secta, y es que en cierto modo estoy seguro de que es así; somos un grupo de gente marcado por una experiencia tan profunda que roza lo espiritual, y que nos une a pesar de las distancias espacio-temporales. Estoy seguro de que quién nos oiga dudará de la veracidad de cualquiera de nuestras historias compartidas.

La experiencia de juntarnos durante un día tantos de nosotros fue un verdadero viaje. Desde el primer momento reconocí a más gente de la que creía posible, y a algunos de ellos no los había visto en casi 30 años; y me reconocieron también muchos más de los que esperaba. Pero lo más fascinante es que a pesar de los años y de las vidas tan distintas que cada uno de nosotros ha llevado, nos entendimos desde el primer momento; y descubrimos (o al menos yo) la magnitud de lo que nos une, incluso cuando cada uno de nosotros lo pueda llamar de una forma distinta.

Desde el mismo momento del primer abrazo me sentí al mismo tiempo 2 personas distintas en el mismo cuerpo, era a la vez el chaval de 16 años viviendo una gran aventura y abriendo los ojos al mundo, y el adulto ya algo cínico que lidia con sus heridas. Quizá es presuntuoso, pero creo que muchos (si no todos) sentimos algo parecido. Nos transportamos a una realidad en la que nuestros recuerdos y nuestras trayectorias se solaparon, compartieron un espacio en dos tiempos, siendo el ayer y el ahora casi indistinguibles; y vivimos en la ilusión de ser los jóvenes de 16 años durante ese día tan mágico.

Al solaparse en mí esas dos personas lo que he descubierto, no sin cierta sorpresa, es que me parezco muchísimo más de lo que creía a ese idealista soñador. Y aunque a veces haya olvidado la pasión que impulsaba a aquella versión de mi mismo, siempre ha ido conmigo.


Visita a Dinópolis más de 20 años después

Hace unas 3 semanas fui en visita familiar a Teruel, y pasamos el día en Dinópolis. La principal excusa era juntar a las primas para un día divertido. No había vuelto al parque temático de dinosaurios desde que estudiaba en la universidad y estaba dedicado en cuerpo y alma a la paleontología, y eso son muchos años.

Sabía que la visita podía tener momentos duros desde el punto de vista personal. Desde que se rompió el sueño de mi vida de dedicarme a la ciencia he ido dando pequeños pasos para reconciliarme con esa parte de mi vida a la que he llegado a darle la espalda por completo. Durante muchos años he vivido ignorando por completo esa parte de mi pasado, adaptándome a un nuevo camino, eligiendo de entre mis otras pasiones cuáles cuidar y alimentar. A partir del reconocimiento de mi gran depresión, y del lento y largo proceso para superarla, se fueron cerrando las heridas y tuve las fuerzas para enfrentarme a mi gran fracaso.

Con la geología en general creo que empecé a hacer las paces durante un viaje por Escocia, cuando un mismo día toqué la formación de roca más antigua que nunca hubiese visto, y me enfrenté a la geología más marciana que nunca hubiese tratado de entender. En ese viaje compré un mapa geológico y un libro sobre geología de Gran Bretaña con los que di mis primeros pasos para volver a enamorarme de las rocas.

No ha sido un camino corto ni fácil. Poco a poco he ido reconciliándome con una ciencia que nunca he odiado ( más bien al contrario), pero sí decidí ignorar. Con la persistencia lenta e implacable de un glaciar, mi gran amor por la ciencia fue erosionando las barreras que yo mismo construí para protegerme del dolor. Con los años la tristeza se ha hecho más pequeña y yo más fuerte, de forma que sin darme cuenta fui capaz de enfrentarme a nuevas pruebas. Ya ni siquiera recuerdo en qué orden se suceden los acontecimientos, esa es la importancia que les he dado en realidad.

Sé que volví a encontrar restos óseos en el cretácico continental de la Cordillera Ibérica. Simplemente en una excursión familiar identifiqué un nivel que tenía toda la pinta de ser un buen sitio para “encontrar dinosaurios”, cuando nos acercamos me senté unos minutos hasta que encontré una esquirla de hueso. Fue un momento emocionante, saber que aún estaba en mi la capacidad de “oler a dinosaurio”, y ser capaz de encontrar un pequeño resto de hueso sin sentirme al mismo tiempo un fraude o un fracaso. No he vuelto a ese lugar, quizá dedicando un rato en serio podría fotografiar restos y reportar un posible yacimiento, pero no se ha presentado la ocasión.

Y también recuerdo haber visitado unas pocas veces la exposición de paleontología que la universidad de Zaragoza tiene en los sótanos del Paraninfo, el Museo de la Vida. Cada vez que he ido ha sido un duro trago ya que en esa colección hay piezas que yo mismo he restaurado y que he llegado a conocer como la palma de mi mano. La sensación siempre es agridulce, ya que estoy muy orgulloso de haber formado parte de ello, pero al mismo tiempo culpable y avergonzado de haber dejado escapar mi sueño. He llevado a buenos amigos, les he explicado cosas que al menos para mi son fascinantes; pero no sé hasta que punto ellos han sido conscientes de lo difícil que era para mi enfrentarme a los recuerdos.

Pero enfrentarme a algo que hice, algo que fui, no es para nada comparable a lo que ha sido enfrentarme a lo que podría haber sido. En Dinópolis encontré una exposición completamente nueva, centrada en los formidables hallazgos que durante los últimos años se han hecho en diversos yacimientos de Teruel, la mayor parte de ellos han sido estudiados en el periodo en que yo ya había desaparecido del mundo de la paleo. Me vi abrumado por la belleza, el interés y la magnitud de descubrimientos de los que (en mi visión) podría haber formado parte. Dejé que la familia siguiera adelante y me quedé a solas con los fósiles más bonitos que nunca había visto expuestos.

El reflejo que atisbé en aquellas vitrinas era el de una ucronía de lo que podría haber sido y no fue. Se me clavaron esas fantasías en lo más hondo de mi alma, porque durante unos segundos vi como yo mismo podría haber formado parte de todo aquello. Me eché a llorar, y durante unos minutos me sentí miserable. Sentí todo el fracaso de mis sueños echárseme encima, en ese momento me sentí culpable por haber arruinado el sueño de mi niñez que tan cerca había estado. Me sentí pequeñito bajo aquellos enormes huesos petrificados.

Y con una sensación liberadora salí del museo para encontrarme con mi familia, a abrazarme a mis chicas y sentirme arropado por mi vida, mis triunfos, mis cicatrices y mi realidad. Creo que ha sido una visita muy reveladora a nivel personal. Me he dado cuenta del camino recorrido, de la cantidad de cosas que he hecho, y de las heridas que están cerrando y que, aunque duelan, ya ni sangran ni pueden ponerme en peligro.


Al final, ambos espejos me devolvieron la misma imagen. Ni soy exactamente quien fui, ni quien podría haber sido. Soy el resultado de todos esos caminos, de los recorridos y de los abandonados, y quizá aprender a reconocerme en ellos sea una forma de reconciliarme con el paso del tiempo.

Como yo mismo dije hace un par de semanas: “Hay sueños que se cumplen y sueños que nos impulsan”.

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